No recuerdo todas las llegadas.
No recuerdo cada cartel, cada plaza o cada foto que saqué durante tantos años de bicicleta.
Pero sí recuerdo los caminos.
Recuerdo los amaneceres fríos.
Los mates compartidos.
Las rutas de tierra que parecían no terminar nunca.
Las subidas que obligaban a bajar el ritmo y escuchar solamente la respiración.
Con el tiempo descubrí algo curioso.
Las mejores historias no nacieron cuando llegué a un lugar.
Nacieron mientras iba hacia él.
Quizás por eso sigo pedaleando.
No para sumar kilómetros.
No para acumular desafíos.
No para demostrar nada.
Pedaleo porque arriba de una bicicleta el mundo vuelve a tener el tamaño justo.
Las preocupaciones se acomodan.
Las ideas encuentran espacio.
Los silencios dejan de incomodar.
A veces el camino es fácil.
A veces parece empinarse más de la cuenta.
Pero incluso en los días difíciles aparece una curva, un paisaje o una charla que recuerda por qué vale la pena seguir.
Hoy miro hacia atrás y entiendo que muchas de las cosas más importantes de mi vida se parecieron a esos caminos de ripio que tanto disfruto.
Nunca fueron rectos.
Nunca fueron perfectos.
Pero siempre me llevaron a lugares que valió la pena conocer.
Por eso sigo avanzando.
Despacio si hace falta.
Disfrutando cada tramo.
Porque al final, la verdadera recompensa nunca fue llegar.
La verdadera recompensa siempre fue el camino.
Hasta la proxima amigos !

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