LOS COLGANTES DE COPINA
Una historia de Ovidio, la niebla y una cuenta pendiente con la montaña
Una bicicleta no es solamente un viaje. También es una colección de momentos que, con los años, terminan formando parte de una historia.
Y si esos momentos se viven con amigos, mucho mejor.
A Córdoba voy y vuelvo. Con unos, con otros. Por los mismos caminos, pero nunca en el mismo viaje.
Durante años tuve una idea dando vueltas en la cabeza: subir por Copina, empalmar El Cóndor, bajar por Giulio Cesare por el Camino del Peregrino y cruzar Los Gigantes.
Quería unir todo.
Esta vez éramos tres: Ovidio, Marcelo y yo.
Para Marcelo era todo estreno. Iba a descubrir ese recorrido de punta a punta.
Para Ovidio no.
Ovidio ya había estado allí, en 2010, con un sol espectacular.
Y hay una historia pendiente de aquel viaje.
En una de las paradas clásicas para sacarse la foto con los puentes colgantes de fondo, Ovidio no aparece.
Siguió de largo.
Su famoso TOC pudo más que la foto.
Desde entonces se lo reproché durante años:
—Te la perdiste por obsesivo. No paraste a disfrutar.
Así que cuando armamos este viaje se lo dije:
—Este año vamos por esa que no tenés.
Pero la montaña es sabia.
Y, medio en joda, medio en serio, decidió devolverle la jugada.
Ese día Copina estaba cerrada por una niebla espesa. De esas que no te dejan ver mucho más allá de veinte metros.
Frío en los dedos. Ripio mojado. Y nosotros avanzando igual.
https://youtu.be/5vo4rg5r61c?si=2fDeusgqvFc1NHTR
En el video se ve clarito: voy detrás de Ovidio por ese camino marrón que se pierde en el blanco.
No se ve prácticamente nada más.
Hasta que, de repente, aparece el puente.
El de la foto.
Piedra, madera, cables y humedad. Suspendido en medio de la niebla.
Nos paramos.
Nos sacamos la foto.
Pero no era la foto que Ovidio estaba buscando.
La que él quería estaba más arriba.
Solo que ese día era imposible.
Las nubes tapaban todo. Los puentes quedaban escondidos por la niebla.
Y entonces nos acordamos de 2010.
La montaña lo había vuelto a castigar.
Por no haber parado aquella vez, ahora que quería hacerlo, la montaña no se lo mostraba.
Nos cagamos de risa igual.
Porque entendimos el chiste.
Y seguimos.
Porque de eso también se trata andar en bicicleta: muchas veces el camino no te da exactamente lo que venías a buscar, pero igual termina regalándote otra cosa.
Y quizás por eso uno vuelve.
Porque después de tantos años, los caminos pueden ser los mismos.
Pero las historias nunca.
Ese día todavía nos esperaban otros momentos que terminarían convirtiendo aquel viaje en otra de esas postales que quedan para siempre.
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