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martes, 4 de agosto de 2026

Una vez nos Perdimos, pero..

Perdidos en Suipacha
"Después de perder el camino... encontrar este cartel fue casi una celebración."

"Hay días en los que el mejor recuerdo nace exactamente donde el camino deja de existir."
Había preparado el recorrido como tantos otros.
Mapas sobre la mesa. Horas buscando caminos rurales. Después la computadora. Más tarde el GPS.
Todo indicaba que ese camino existía.
Hasta que llegamos.
Y el camino... no estaba.
No era un desvío.
No era un alambrado nuevo.
Simplemente había desaparecido.
Por unos segundos miré la pantalla del GPS, levanté la vista y sonreí. La tecnología marcaba un camino. El campo decía otra cosa.
No había tiempo para lamentarse.
Había que encontrar una solución.
Buscando una alternativa llegamos a una estancia.
Pedimos permiso para pasar.
Nos abrieron las tranqueras y comenzamos a avanzar entre huellas de vacas, pastizales y barro, enlazando una huella con otra para volver a encontrar el recorrido.
Ya nadie preguntaba si íbamos bien.
Todos estaban disfrutando la aventura.
Aquello que había empezado como un problema se estaba transformando en el mejor momento del día.
Después de varios kilómetros apareció un viejo cartel.
Suipacha.
Nos miramos y estallamos de risa.
Habíamos encontrado nuevamente el rumbo.
La foto junto al cartel no fue para demostrar que habíamos llegado.
Fue para inmortalizar ese instante en el que entendimos que, muchas veces, perderse también forma parte del viaje.
La salida terminó !
Llegamos cansados, embarrados y felices.
Con los años nadie recordó cuántos kilómetros hicimos.
Nadie recordó el promedio.
Ni el tiempo.
Todos recordaron aquella aventura.
Por eso dejó de llamarse por el recorrido.
Para siempre quedó bautizada como...
"Perdidos en Suipacha".
Lo que aprendí ese día
Hasta ese momento yo pensaba que guiar era conocer el camino.
Ese día entendí que guiar es otra cosa.
Es mantener la calma cuando el camino desaparece.
Es animarse a improvisar.
Es pedir permiso cuando hace falta.
Es cambiar el plan sin perder las ganas.
Y, sobre todo, lograr que al final del día el grupo vuelva a casa con una historia que quiera contar una y otra vez.
Porque los mapas ayudan a llegar.
Pero las mejores anécdotas nacen cuando el camino decide sorprendernos.
"El mapa decía que por acá seguía el camino. La realidad tenía otros planes."

"A veces pienso que, si aquel camino hubiera estado donde decía el mapa, hoy no tendríamos una historia para recordar. Nos habríamos perdido una aventura."

#aenbici

Capítulo 0 Donde Todo empezó

Capítulo 0 — Donde empezó todo

Antes de los caminos de tierra, de las montañas, de las alforjas y de tantos kilómetros compartidos, hubo una bicicleta.

Era una Legnano. No era simplemente una bicicleta nueva para un niño; era un regalo que llegaba cargado de significado. Llegó en un momento especial, mi Primera Comunión, y junto a ella quedaron en una foto dos personas que forman parte de mi historia: mis abuelos.


Seguramente en ese momento no imaginaba todo lo que esa bicicleta iba a representar muchos años después. No sabía que una bicicleta podía convertirse en una compañera de aventuras, en una forma de conocer lugares, en una manera de encontrar amigos y también de encontrarme conmigo mismo.

Esa imagen guarda algo más que un recuerdo. Guarda una semilla.

Porque muchas veces los grandes caminos empiezan de una manera sencilla: un niño que recibe una bicicleta, una sonrisa, una familia detrás y la ilusión de salir a descubrir el mundo.

#aenbici

Claudio, el bicicletero

Primero compañero de ruta. Después mecánico. Con el tiempo, amigo.

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Hay personas que uno conoce por una necesidad puntual y, sin darse cuenta, terminan formando parte de la historia más importante de la bicicleta.

Claudio fue primero eso: un compañero. Alguien del camino. Un nombre más dentro del mundo de la bici. Pero con el tiempo pasó a ser mucho más que el mecánico al que uno le llevaba la bicicleta cuando algo se rompía.

Compartiendo la ruta, tiempos de pedaleo (Abril 2015).

Cuando una bicicleta entra a un taller, en realidad entra una parte de la vida de quien la usa. Entraron mis miedos antes de una salida, mis dudas, mis urgencias, mis ganas de seguir pedaleando. Y Claudio siempre estuvo ahí, con la paciencia de quien sabe escuchar tanto una rueda como una historia.

La relación fue cambiando sin necesidad de anunciarlo. Primero fue la confianza de dejarle la bici. Después fue la tranquilidad de saber que iba a volver mejor de lo que había llegado. Y más tarde, casi sin darme cuenta, apareció la amistad.

Claudio en su taller, el espacio donde interpreta y cuida cada bicicleta.

Las fotos dicen mucho de ese recorrido. En una de ellas estamos juntos en una salida, todavía con ese aire de compañeros que comparten una pasión. En otra aparece Claudio en su taller, rodeado de herramientas, en ese lugar donde no solo arregla bicicletas: también las entiende. Y en la última, ya no hay taller ni distancia entre cliente y mecánico. Hay una selfie sencilla, una sonrisa, y la certeza de que la bicicleta hizo también ese trabajo invisible de juntar personas.

Una selfie en el taller: la amistad que floreció entre ruedas, llaves y pedales.

Porque eso es Claudio para mí: el que cuidó mis bicicletas, sí. Pero también el que termina cuidando una parte de mi camino.

Y eso no se olvida.

#aenbici #bikelife #cicloturismo #argentina #buenosmomentos #amigo
aenbici.blogspot.com

Bitácora de viaje


Bitácora de viaje

“Hay historias que empiezan con el primer pedal. La mía empezó mucho antes.”

Durante mucho tiempo pensé que organizar una salida en bicicleta era simplemente decidir un destino y salir a pedalear. Con los años entendí que estaba equivocado. El viaje no arrancaba en el camino; empezaba varios días antes, desplegado sobre una mesa.

Allí se abrían los mapas de papel, aparecían los primeros recorridos dibujados a mano y comenzaba un trabajo silencioso que casi nadie veía. Horas de buscar caminos rurales, unir pueblos olvidados, descubrir viejas estaciones de tren y calcular distancias para que, cuando llegara el sábado, los demás solo tuvieran que dedicarse a disfrutar.

Figura 1. El origen de todo: la cartografía física, la mesa de café y el trazo paciente del recorrido sobre el mapa de papel.

Aquellas primeras salidas tenían la mística pura de la aventura. No existía la inmediatez ni la precisión absoluta de hoy. Un mapa podía asegurar que un camino existía... y al llegar, descubrir que la vegetación o los años se lo habían tragado. Muchas veces había que improvisar. Otras, simplemente dejarse llevar por la intuición. Y eso, justamente, también era parte del viaje.

Aprender un camino nuevo

El día que llegó mi primer Garmin sentí que se abría una puerta. No porque la tecnología fuera a reemplazar la mística de perderse, sino porque me daba la posibilidad de preparar mejor la experiencia.

Figura 2. La transición constante entre la consulta del terreno y la lectura del papel en medio de la ruta.

Recuerdo una salida en la que todavía estaba aprendiendo a domarlo. En un cruce confuso perdí la referencia y le pregunté a uno de los compañeros con más experiencia sobre el rumbo a tomar. Su respuesta fue tan corta como inolvidable:

—Ah... no sé... arreglate.


En ese momento me molestó. Hoy, a la distancia, le agradezco enormemente esa sequedad. Porque en ese instante entendí algo fundamental: si quería guiar a un grupo, tenía que aprender de verdad. No podía depender de nadie más. Ese día empezó un aprendizaje técnico y personal que todavía continúa.

Figura 3. El análisis detallado de la cartografía digital: puentes ferroviarios, arroyos y vías en desuso.

Lo que no se veía

Con el tiempo, el GPS dejó de ser un simple aparato sujeto al manubrio para convertirse en el corazón de una rutina fascinante. Sobre la mesa se alineaban el dispositivo, una libreta de campo, anotaciones a lápiz, horarios, kilómetros exactos, alternativas de paso, estaciones de tren abandonadas y hasta posibles caminos de escape por si el clima o los pinchazos cambiaban los planes.

Figura 4. La mesa de operaciones: la libreta manuscrita, el Garmin GPSmap 60CSx y el software MapSource en plena transferencia de rutas.

Aquella libreta de tapas gastadas era mi verdadera bitácora de viaje. Cada salida quedaba escrita y vivida antes de existir en la realidad. Mientras todos esperaban ansiosos el fin de semana para pedalear, yo ya llevaba días viajando en mi cabeza.

Guiar

Con los años llegaron incontables salidas, muchísimos amigos y miles de kilómetros compartidos. Pero, por encima de todo eso, llegó algo infinitamente más valioso: la confianza.

Hubo un momento clave en el que el grupo dejó de preguntar si el recorrido estaba bien pensado o si el camino era transitable. Simplemente se convirtió en un código tácito:

—“Si lo armó Verde... vamos.”


Esa confianza fue uno de los regalos más genuinos que me dio la bicicleta, pero también me cargó de una enorme responsabilidad. Por eso empecé a publicar no solo la hora y el punto de encuentro, sino también una hora estimada de llegada. Aprendí que guiar no era ir pedaleando adelante imponiendo el ritmo. Guiar era cuidar el tiempo y la seguridad de todos. Era anteponer el grupo a uno mismo.

Figura 5. La responsabilidad del guía: trazar la ruta clara y velar por el grupo antes de salir a rodar.

De esas experiencias nació una máxima que adopté y repetí en cada convocatoria:

“Si no conocen el camino, no vayan adelante.”


No era una orden autoritaria; era una forma de cuidarnos. Perder diez minutos por un desvío equivocado podía significar perder la luz del día o el tiempo que habíamos ganado para disfrutar de un pueblo, de una estación o de una charla con mate en mano.

Mucho más que un GPS

Figura 6. El compañero de manubrio: el Garmin GPSmap 60CSx montado y listo para marcar el rumbo en la ruta.

Hoy sigo usando el Garmin. Lo miro con el mismo cariño y nostalgia que el primer día. Pero los años y los caminos me enseñaron que lo más valioso nunca estuvo encerrado dentro de esa pantallita de píxeles.

Lo verdaderamente importante fueron las historias que ayudó a construir: las amistades de hierro, las risas en medio del barro, los caminos encontrados y también aquellos que habían desaparecido obligándonos a improvisar juntos.

Porque, al final del día, el verdadero recorrido nunca quedó grabado en un archivo de track. Quedó grabado en la memoria de quienes compartimos cada pedaleada. Y cada vez que vuelvo a abrir una vieja bitácora, descubro con alegría que el viaje todavía no terminó.