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jueves, 6 de agosto de 2026

La Vieja ( Si, Ovidio)

La Vieja

Una amistad a los empujones

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En todos los grupos hay alguien que termina convirtiéndose en un personaje. En el nuestro nadie necesita decir "Ovidio". Alcanza con decir La Vieja y todos sabemos de quién estamos hablando.

Lo curioso es que la primera vez que pedaleé con La Vieja estuve convencido de que ese hombre iba a hacer que abandonara la bicicleta.

Corría el año 2006. Yo recién empezaba a integrarme a los Devotos del Pedal. Ellos salían entre semana; yo solo podía los fines de semana. Todavía no nos conocíamos. Una vez al año organizaban una salida especial: Lima, ida y vuelta en el día. Más de doscientos kilómetros. Un desafío enorme para mí, que entrenaba en el gimnasio y hacía las salidas habituales a Nordelta. Con la confianza que da la inconsciencia del principiante pensé: "Estoy para ir".

A los pocos kilómetros apareció un hombre a mi lado:
—Si seguís pedaleando con esa cadencia... no llegás.

Seguí. Un rato después volvió. Otra observación. Más adelante, otra. Yo pensaba para mis adentros: "¿Y este quién es? ¿Qué se cree?"

No sé si me agotó el esfuerzo o la presión de sentir que me estaban evaluando durante todo el camino, pero cuando llegamos a Lima prácticamente me entraron empujando. Había perdido más la batalla mental que la física.

Después de la foto grupal, mientras todos pensaban en el regreso, yo solo pensaba una cosa: "¿Cómo vuelvo a casa?". Por suerte, un compañero que vivía en Campana regresaba más tarde en auto a Buenos Aires. Me ofreció llevarme y acepté sin dudarlo.

Desde entonces siempre le digo a La Vieja:
—A Lima fui. Estoy en la foto. Lo que nunca vas a poder demostrar que colapsé... ni que no volví pedaleando por culpa tuya.
Y cada vez que lo digo, nos reímos los dos.

Lima 2006: La prueba del delito. En la foto estamos todos, pero la vuelta en auto es un secreto guardado.

Con el tiempo empecé a salir también entre semana. Llegaron las interminables vueltas al Lago de Palermo. Horas y horas de pedal. Charlas. Silencios. Opiniones completamente distintas sobre mil temas. Discusiones. Risas.

Fue ahí donde aquel tipo que un día me había vuelto loco empezó a convertirse en un amigo. Nunca pensamos igual. Más de una vez nos calentamos discutiendo. Yo suelo enojarme un poco más; él siempre encuentra la forma de llevarme la contra. Pero, por alguna razón, siempre terminamos igual: con un abrazo o con un «Te quiero, Vieja».

Sumando kilómetros y kilómetros juntos en la ruta, donde las discusiones siempre terminan en risas.

Con los años aparecieron los códigos que solo entiende la gente que comparte muchos kilómetros. La Vieja tiene una frase registrada. Cuando alguno tarda demasiado en una parada, cuando todavía está acomodando algo o simplemente se entretuvo más de la cuenta, aparece su voz desde algún rincón:
—¡Dale che!

A veces lo dice demasiado rápido. A veces hasta dan ganas de mandarlo un poco lejos. Y siempre alguien le responde: «¡No rompas... ya va!». Todos nos reímos porque sabemos que forma parte del personaje.

La única forma conocida en el grupo para que no grite «¡Dale che!» durante cinco minutos.

También están esas cargadas que se repiten hace años. Como aquella foto frente a la Basílica de Luján. Dos relojes enormes detrás de nosotros. Y nunca falta alguno que pregunte: «Ovidio... ¿qué hora es?». Son bromas simples. Pero son esas bromas las que terminan construyendo una historia compartida.

Frente a la Basílica de Luján con dos relojes gigantes de fondo: «Ovidio... ¿qué hora es?»

Las Campnas de Ovidio (hace click)

Con La Vieja aprendí mucho más que a pedalear. Aprendí que una amistad no necesita pensar igual para ser verdadera. Que se puede discutir fuerte y seguir queriéndose. Que después de cientos de kilómetros compartidos —con lluvia, viento, cansancio, esperas, problemas mecánicos, pueblos perdidos y regresos a casa— las diferencias pasan a un segundo plano. Queda el afecto.

Detrás del personaje de duro, el afecto intacto de compartir una vida en bici.

Yo no tengo un "mejor amigo". Nunca me gustó esa expresión. Tengo personas que la vida fue poniendo en mi camino y que se ganaron un lugar en mi corazón. La Vieja es una de ellas. Yo se lo digo seguido, delante de todos, sin problema: «Te quiero, Vieja». A él le cuesta un poco más, creo que porque tiene que sostener ese personaje de duro que todos conocemos. Pero cada tanto, cuando nadie mira y el grupo ya se calló, llega un mensaje privado. Cortito. Simple. Muy de él: "Te quiero, Cuervo cabrón". Y con esas cuatro palabras alcanza para entender que, detrás de La Vieja, siempre estuvo Ovidio.

Epílogo

Hay amistades que nacen de un abrazo. La nuestra nació de una paliza psicológica camino a Lima. Veinte años después seguimos llevándonos la contra, riéndonos de las mismas pavadas y compartiendo caminos.

Y si alguna vez escuchan en una salida un "¡Dale che!", no hace falta preguntar quién llegó. La Vieja siempre anda cerca.

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aenbici.blogspot.com

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